
El cine argentino en la sombra: actores pintan paredes y el Incaa paraliza la producción
La industria cinematográfica enfrenta su peor crisis: despidos masivos, proyectos congelados y artistas obligados a buscar empleos alternativos. Mientras el gobierno celebra el "ajuste".
El actor Jorge Sesán, conocido por su papel en la aclamada serie El eternauta, hoy intercambia los sets de filmación por pinceles y rodillos. Para subsistir, pinta departamentos, una realidad que comparten cientos de colegas en un país donde el arte se convirtió en un lujo inalcanzable. Su historia no es aislada: según un informe de la Sociedad Argentina de Gestión de Actores Intérpretes (SAGAI), el 60% de los actores debió recurrir a trabajos ajenos a su profesión en el último año. El dato escalofriante se completa con otro aún más crudo: el 78% no logró cubrir la Canasta Básica con sus ingresos en 2024.
El colapso de una industria
El Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (Incaa), históricamente el pilar del cine nacional, atraviesa su etapa más oscura. Bajo la dirección de Carlos Pirovano, economista sin experiencia en el sector, no se aprobó ni un solo proyecto de ficción en más de un año. "Es el único presidente del Incaa con cero películas autorizadas en su gestión", denunció el Espacio Nacional Audiovisual (ENA). Solo documentales —con presupuestos mínimos— lograron luz verde. Los 241 estrenos de 2024 fueron resabios de gestiones anteriores; para 2026, la cifra podría desplomarse.
Las medidas implementadas por el actual gobierno ahondaron la crisis. Se redujo la cuota de pantalla para films nacionales del 25% al 6%, se eliminó la "medida de continuidad" que garantizaba exhibición según audiencia, y se disolvió el Comité de Preclasificación, encargado de evaluar proyectos. "Es un ajuste feroz", define Mariano Llinás, director de La Flor. "Inventaron un enemigo: el cine como derroche. Es una ficción para justificar el desmantelamiento".
Fondos que no llegan
Lo más grave: el Incaa sigue recaudando fondos —impuestos a entradas, TV y ventas físicas—, pero ese dinero no se destina a producciones. "Tienen pisados los recursos", advierte Martín Desalvo, miembro del Consejo Asesor del Incaa. "Celebran el superávit como si fuera una empresa, pero su función es fomentar cultura, no acumular dinero".
La paradoja es cruel: Pirovano viajó a festivales como Berlín y Málaga para "promover" un cine que su gestión asfixia. Mientras, el sector privado —plataformas como Netflix o Disney— decide qué se filma. "El acervo cultural queda en manos extranjeras", alerta Santiago Marino, investigador de la Universidad de San Andrés. "Si retiran una película de sus catálogos, ¿dónde queda nuestra memoria?".
¿Hay futuro?
Ante la falta de políticas públicas, algunos recurren a concursos absurdos: el Incaa lanzó uno para "jóvenes creadores" de TikTok y otro para films con más de 75 mil espectadores. "Es imposible sostener una industria así", dice Luisa Irene Ickowicz, de Argentores.
La pregunta ronda en los sets vacíos: ¿podrá el cine argentino sobrevivir a este invierno? La respuesta, como en sus mejores guiones, dependerá de la resistencia de quienes aún creen que el arte no es un gasto, sino un derecho.