
"Fingir demencia ya no alcanza: la cordura como acto de resistencia"
En un mundo donde el odio se normaliza, la indiferencia ya no es una opción. Frente a la barbarie política y verbal, recuperar la lucidez se vuelve un imperativo ético.
La expresión "finjamos demencia" se ha instalado en el imaginario colectivo como un mecanismo de supervivencia ante el avance de la crueldad institucionalizada. Funciona como un escudo, una manera de eludir el impacto de discursos que degradan, humillan y dividen. Sin embargo, ese refugio imaginario comienza a resquebrajarse cuando la violencia verbal se traduce en decisiones concretas, cuando el desprecio por las instituciones se convierte en política de Estado.
Desde la máxima esfera del poder, un hombre vulgar, investido de autoridad por el voto popular, se jacta de su propia ferocidad mientras es aplaudido por una corte de aduladores. Su estrategia es clara: apropiarse del lenguaje para vaciar de sentido las críticas, para convertir el escándalo en rutina y la indignación en fatiga. Ante este panorama, cabe preguntarse si no es hora de abandonar la falsa indiferencia y recuperar la cordura como acto de resistencia.
El panorama global no inspira optimismo. Gaza sufre un exterminio en tiempo real, un magnate disfrazado de político actúa como el sheriff de un Occidente en decadencia, y las élites derrochan fortunas en festejos obscenos mientras el mundo arde. La descomposición parece total, y la tarea de enfrentarla, abrumadora. Pero es precisamente esa magnitud la que exige respuestas colectivas, no evasiones individuales.
Fingir demencia ofrece una ilusión de protección, la fantasía de que el odio no nos alcanza. Pero no hay muro lo suficientemente alto ni silencio lo suficientemente cómodo que pueda aislarnos de la realidad. La cordura, en cambio, duele: obliga a mirar de frente, a asumir responsabilidades, a tejer redes de solidaridad en un tejido social cada vez más desgarrado.
No se trata solo de rechazar a quienes usan el odio como herramienta de dominación, sino de inventar nuevas formas de convivencia. Puntada a puntada, es posible zurcir las heridas y bordar un futuro donde la humanidad no sea un concepto abstracto, sino una práctica cotidiana. El desafío es enorme, pero el primer paso es simple: dejar de fingir.