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Dos ciudades, una provincia: la zanja que separa miradas, problemas y prioridades

Mientras el ambientalismo en Ushuaia alza la voz por los salmones, Río Grande lidia con la pérdida de empleo industrial. La provincia, cada vez más partida en dos.

Dos ciudades, una provincia: la zanja que separa miradas, problemas y prioridades

Mientras el ambientalismo en Ushuaia alza la voz por los salmones, Río Grande lidia con la pérdida de empleo industrial. La provincia, cada vez más partida en dos.

Por Guillermo Lacaze

Luis Castelli escribió una columna que tituló “Ambientalismo selectivo”. El título es bueno, el análisis también. Y aunque uno puede coincidir en muchas de sus observaciones, el problema está en lo que falta. O mejor dicho, en lo que no se nombra. Porque todo lo que describe ocurre en Ushuaia. El resto de la provincia —nosotros, Río Grande— ni aparece.

Castelli habla con precisión quirúrgica de los silencios del ambientalismo fueguino: la mancha cloacal en el Canal Beagle, la basura que se acumula, la matriz energética basada en gasoil. Pregunta por qué eso no incomoda tanto como los hipotéticos salmones o los cables del interconectado. Y tiene razón.

Pero también es cierto que ese ambientalismo selectivo que critica Castelli forma parte de una agenda igualmente selectiva en términos provinciales. Porque mientras allá se debate si un tendido eléctrico arruina la vista, acá nos preguntamos si el mes que viene vamos a tener trabajo.

La ciudad invisible

En Río Grande no hay salmones. Pero hay fábricas cerrando. Hay familias enteras sin ingresos. Hay chicos que dejan de ir a la escuela porque sus padres se quedan sin trabajo. Y todo eso —que también es parte de esta provincia— no figura ni en los informes ambientales, ni en las columnas de opinión, ni en los planes provinciales.

Cuando se plantea que Ushuaia dice "no" al desarrollo, se olvida que para nosotros, ese desarrollo es urgente. Porque acá cada puesto de trabajo es vital, no solo para una persona, sino para una ciudad entera que vive al ritmo de su industria electrónica.

¿Impacto visual?

Castelli menciona que el interconectado eléctrico fue resistido por su “impacto visual”, pero hoy la ciudad sufre una crisis energética que se paga con contaminación y millones en gasoil. Y tiene razón.

Pero en esa misma lógica, también podemos preguntarnos: ¿acaso no hay un “impacto visual” en ver una ciudad entera apagada por falta de inversión? ¿O en ver galpones vacíos donde antes trabajaban cientos de fueguinos? Esos paisajes también existen, aunque no sean parte del turismo ni de las postales.

La montaña como zanja

A veces da la sensación de que la cordillera se ha convertido en frontera. Una zanja que divide no solo el territorio, sino la manera de mirar, de priorizar, de entender el presente.

En Ushuaia, un puesto de trabajo que se pierde puede ser reemplazado por uno en el sector turístico.
En Río Grande, cada empleo que se pierde es una alarma que suena en la escuela, en el almacén, en el comedor barrial.

Somos una ciudad industrial. No tenemos cruceros, ni temporada alta. Nuestro único paisaje son los parques industriales, y cuando uno de ellos deja de funcionar, lo sentimos en carne viva. Esa es nuestra agenda. Nuestra urgencia. Y cuando desde otros espacios se habla del ambiente, pero se ignora todo esto, la sensación es que se gobierna para una sola ciudad.

Dos ciudades, dos realidades

La columna de Castelli es valiosa porque pone sobre la mesa una hipocresía ambiental que ya no se puede ocultar. Pero también deja claro que la discusión sigue ocurriendo en una sola mitad de la provincia.

¿Dónde está Río Grande en ese debate? ¿Dónde están nuestros problemas ambientales, laborales, sociales, en la mirada de Ushuaia?

La respuesta es simple: no están. Y ese es quizás el mayor problema. Porque mientras se denuncia el ambientalismo selectivo, seguimos presos de una provincia selectiva, donde solo una ciudad parece importar.

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